Ponyo: la obra más Miyazaki de Miyazaki

La visión del amor en Hayao Miyazaki se resume bien en una frase ampliamente atribuida al director:

Con esa idea es fácil disfrutar Kiki: entregas a domicilio, El castillo vagabundo o El viaje de Chihiro. Al margen de sus duras —y hermosas— críticas sociales, buena parte del universo de Miyazaki gira alrededor de esa concepción del amor: encontrarse con el otro no para poseerlo, sino para ayudarse mutuamente a vivir. Y, de alguna manera, salvar al mundo desde esa inocencia.

Por eso no esperaba demasiado cuando fui hace unos días a ver Ponyo a la Cineteca.

En mi imaginario, las películas importantes de Ghibli ya las había visto. Ponyo estaba en esa pequeña reserva de dos o tres películas “menores” que todavía me faltaban, esas que uno guarda para completar eventualmente la filmografía de un director que cree conocer.

Y si de la ironía nace el conocimiento, viendo Ponyo entendí a un Miyazaki que se coloca incluso por encima de esa frase con la que inicié este texto.

El mundo se va a terminar en un apocalipsis sin angustia. El equilibrio cósmico se ha roto. La luna parece a punto de estrellarse contra la Tierra. Los océanos cubren las ciudades. Animales prehistóricos vuelven a nadar sobre lo que antes eran calles. Las víctimas buscan refugio en barcos y montañas.

Y la respuesta de Miyazaki es absurdamente sencilla: la solución es que dos infancias se quieran.

Olvidémonos incluso de su crítica al amor cinematográfico tradicional. Miyazaki va aquí un paso más lejos. Ni siquiera permite que termine de brotar una gran denuncia sobre el deterioro ecológico. No necesita construir villanos ni explicar demasiado las causas. Un suceso casi contingente pone en peligro el equilibrio del planeta y, a partir de entonces, el destino del mundo descansa en algo tan pequeño como el afecto verdadero entre dos infancias.

Eso es Ponyo: Miyazaki superando a Miyazaki.

Y lo extraordinario es que ocurre en 2008, cuando el director ya había hecho La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro y El castillo vagabundo. No estamos frente a un autor que todavía busca su lenguaje. Estamos frente a uno que ya construyó mundos monumentales y descubre que puede prescindir de casi todos ellos.

No hace falta una historia compleja. Sobran los conflictos políticos de Mononoke, la monumental arquitectura de Chihiro, la complejidad de El castillo vagabundo, la creación perfecta del mito en Totoro o las reflexiones adultas de El viento se levanta.

Miyazaki toca el cielo con una niña-pez, un niño, dos madres increíbles, una carretera costera y un plato de ramen.

Ah, no.

Ponyo quiere jamón.

Y quizá ahí está todo.

Porque Ponyo jamás abandona la lógica emocional de la infancia. El mar puede levantarse convertido en peces gigantes. La luna puede acercarse peligrosamente a la Tierra. Una ciudad puede desaparecer debajo del océano. Nada de eso exige una explicación porque los niños no necesitan que el mundo sea verosímil: necesitan que sea verdadero.

Sosuke quiere a Ponyo.

Ponyo quiere a Sosuke.

Lisa tiene que llegar con los ancianos.

Y hay que encontrar a mamá.

Eso basta.

Tal vez por eso Ponyo me sorprendió tanto. Durante años pensé que las grandes obras de Miyazaki eran aquellas en las que parecía decir más cosas. Ahora sospecho exactamente lo contrario.

Puede ser que su obra más acabada sea aquella en la que ya no necesita decirlas.

En Ponyo, Miyazaki no argumenta su idea del amor, de la naturaleza o de la infancia. No la explica. No la convierte en discurso.

La dibuja.

Y el mundo se salva.

Visited 13 times, 13 visit(s) today